Pato a la White Album.


Desde pequeña, Mariana respira música. En su cuna no tenía un móvil con música, sino un wincofon y una colección interminable de discos de rock que escuchaba cada noche antes de dormir.

Su madre no deja pasar una Navidad sin hacerla pasar vergüenza contando la misma historia de cuando era pequeña.
Al parecer, Mariana colcaba todos sus juguetes en formación. Algunos ya tenían efectos sonoros incórporados, otros juguetes eran mudos. Pero con estos últimos no había problema, porque Mariana se encargaba de enseñarles a cantar y después de pasar la respectiva audición, les daba un puesto dentro del coro.
Como es el caso de su oso Vespucio (Tenor).

Mariana, como muchos niños, cantaba bajo la ducha, pero también cantaba cuando se estaba secando, cantaba en la calle, en el colectivo, durante la clase, en el recreo, cuando se lavaba los dientes, a veces, hasta cantaba dormida.

Llegó la escuela primaria y junto con ella, la alfabetización, el análisis sintáctico, las matemáticas, ciencias sociales, naturales, la educación física y ,por supuesto, la clase de música.
El recreo de los martes a las nueve, era el más largo de todos. Tal vez no en minutos, pero sí en incertidumbres, ansiedades, en querer ver de nuevo ese mamotreto de madera siempre cerrado con una llave tan pequeña que parecía de juguete. Esa alfombra de teclas que sentada en un extremo le parecía que no tenía fin. La barba del profesor le daba la autoridad para elegir la canción que todos iban a cantar y al que le guste bien y al que no también.

Pero Mariana estaba contenta en formar parte del coro, sin importar si cantaban “Pipa de la paz” o “el Himno Nacional”. Ella cantaba con todas sus fuerzas, hasta quedarse sin aire. A veces miraba a los costados y veía que al coro le vendrían bien algunos de sus juguetes, como la muñeca Vladimira o su tenor estrella, Vespucio.

En la adolescencia tuvo alguna que otra banda. Ninguna duró más que un verano, es difícil compartir un objetivo en común entre cinco integrantes, cuando ninguno de ellos tiene la más pálida idea de lo que quiere de la vida. En el conservatorio fue conociendo más y más gente. Hoy es ella quien da clases en la escuela. Pero a diferencia del profesor con barba, Mariana nunca deja el mamotreto con llave, porque adora llegar a clase y que ya haya intrépidos que no superan el metro y veinte que se avalanzan a los acordes sin tener miedo a estar desafinando.

Mariana no tiene ninguna alarma en su vida. No porque no tenga compromisos que la obliguen a llegar a horario. Es que ella se encarga de despertarse con su canción preferida y si llaman a su celular tampoco suena como los demás. Si por acaso llega tarde, es porque sabe que nunca hay que perder el ritmo y que en lugar de apurarse, es mejor dejar una nota al aire y retomar el compás cómo si nada hubiera pasado.

Mariana no tiene cable, tiene instrumentos y si vas de visita a su casa siempre terminás tocando alguno. Mismo que no seas un virtuoso de la música, ella te sigue y algo se inventa. Ella siempre dice: “si tienes el suficiente ritmo para caminar, tienes ritmo para la música.”

Su discografía tiene desde singles y LP´s hasta Mp3. Algunos discos incluso los tiene en más de una versión. Entre sus preferidos está el disco The Beatles, también conocido como The White Album por el color de su tapa.
Algunos podrán decir que es clásico de más, pero no por eso deja de ser una gran joya musical, que sigue inflándole el pecho cada vez que lo escucha.

A la hora de cocinar, en sus recetas nunca falta el ingrediente musical.
Por eso antes de ponerse a cocinar, pone PLAY.

El horno ya está caliente. Ella trocea y sala el pato hasta la tercer estrofa de “Back in the U.S.S.R.” Le coloca el romero y lo mete en el horno. Ahora se da el lujo de bailar un poquito: “I'm back in the U.S.S.R. You don't know how lucky you are boy. Back in the U.S.S.R.” y empieza a preparar la salsa de ciruelas.

Coloca aceite de oliva en la sartén y sabe que cuando John cante: “Dear Prudence, won't you open up your eyes?” el aceite ya estará caliente. Entonces coloca la cebolla a rehogar. Cada vez que prepara este plato le causa gracia saber que la cebolla va a quedar cristalina cuando termine “Glass Onion”.
Llegó la hora de poner las ciruelas para que suelten su propia azúcar.

“Ob-la-di, ob-la-da, life goes on, brah!... Lala how the life goes on.” Y Mariana pone una olla de agua a hervir y aprovecha para abrir el horno y poner un poco de pimienta negra.

Espera a que George cante “With every mistake we must surely be learning. 
Still my guitar gently weeps.” Para añadir el azúcar y el vino y dejar reposar.
Y ya cuando va por la parte de: “I look at you all see the love there that's sleeping. 
While my guitar gently weeps. I look at you all. Still my guitar gently weeps.”
Mariana añade la mantequilla para que la salsa espese un poco y la deja conservar a fuego bajo para que se reduzca.

Justo en el final de “I´m so Tired” y antes que empiece “Blackbird”, se apura a colocar las papas en el agua, abrir el horno y sacar el pato para bañarlo en la salsa. Lo vuelve a dejar en el horno y decide ponerse a bailar por toda la cocina, cantando y usando la cuchara de palo como micrófono:

“Blackbird singing in the dead of night.
Take these broken wings and learn to fly.
All your life.
You were only waiting for this moment to arise.

Black bird singing in the dead of night.
Take these sunken eyes and learn to see,
all your life,
you were only waiting for this moment to be free.

Blackbird fly, Blackbird fly.
Into the light of the dark black night.

Blackbird fly, Blackbird fly.
Into the light of the dark black night.

Blackbird singing in the dead of night.
Take these broken wings and learn to fly.
All your life.
You were only waiting for this moment to arise,
You were only waiting for this moment to arise,
You were only waiting for this moment to arise.”

Se olvida del pato y el horno hasta que Rocky entra a su habitación sólo para encontrar la biblia, mientras Mariana abre y hace el segundo baño de salsa.

Mientras John le canta una canción de amor a Julia, Mariana apaga el fuego de las papas.

Las deja en el agua caliente hasta que temine “Birthday”. Entonces las cuela, coloca manteca, sal, leche, nuez mozcada y comienza a pisar. Ella jura que el secreto de su puré es no usar el pisapapas, que con un tenedor basta y sobra.

Se emociona y le dá con más y más fuerzas al tenedor mientras canta:
“Take it easy, take it easy. Everybody's got something to hide except for me and
my monkey.”

Y para cuando llega “Helter Skelter” ella sabe que el puré ya está lo suficientemente pisado, pero le es inevitable agarrar el tenedor de nuevo cuando Paul empieza: “When I get to the bottom, I go back to the top of the slide, where I stop and turn and I go for a ride. Till I get to the bottom and I see you again, yeah, yeah, yeah

Espera a que George termine de cantar “Savoy Truffle” y apaga el horno. Comienza a poner la mesa. Sirve los platos y salsea por última vez el pato mientras suena el número nueve repetidas veces.

En ese momento, su marido y su niña entran tarareándo a la cocina con las manos recién lavadas y se sientan a la mesa, no porque Mariana los haya llamado, sino porque Ringo comenzó a cantar “Good Night.”










Aclaración para abogados: El Album “The Beatles” y todas las letras de canciones mencionadas en esta historia son propiedad intelectual de The Beatles.
Por favor, a la hora de pensar en si deberían hacernos juicio o no, recuerden que esto no es más que un simple homenaje.

Arte de tapa: Marcelo Ginni

Las inacreditables historias de Gonzalo Gonzáles Taboada: Investigador Culinario. Vol. 1.


Hoy es el cuarto día de la expedición, Taboada está exhausto, el frío y el viento son inaguantables. A cada paso la cima parece más lejana. De noche en su carpa de uno cuarenta por dos metros, sueña con su colchón, su cama, su cuarto, su dos ambientes, su calle Rincón, su Constitución, su Buenos Aires.
Qué lejos se ve todo eso, aún más lejos que el monasterio de Drepung. Taboada es un tipo solitario. Se podría decir que no es el más sociable del mundo. Mucho se debe a que cada vez que conoce a alguien, sabe que le van a preguntar a qué se dedica.

Porque la leyes sociales así lo establecen. En cualquier evento social, cuando te presentan a alguien, lo primero que preguntan es en nombre y lo segundo nunca es si coleccionas llaveros, ni si tenías un amigo imaginario en la infancia o si algunas vez intentaste ir hasta uno de los extremos de un arco iris a ver que había. Taboada siempre pensó que cualquiera de esas respuestas cumpliría mejor el objetivo de conocer más a una persona. Pero no, la gente nunca hace preguntas de ese tipo. Siempre quiere saber cual es tu profesión. Y explicar eso para Taboada no es tarea fácil.

Taboada sabe de comida, pero no es chef. Sabe aplicar el proceso científico pero no trabaja en un laboratorio. Busca la verdad, pero no es un abogado.
Es un investigador privado, pero no deja que nadie lo contrate.
El trabaja sobre sus instintos. Sus sentidos. Su estomago.

Gonzalo Gonzáles Taboada es investigador culinario. Y de los mejores. Siempre está atrás de una pista. Su olfato es sigiloso y su lengua puede diferenciar la manteca de la margarina con solo lamer el envoltorio. Uno de sus casos más conocidos fue encontrar a Michael Whitaker, bisnieto de Dorothy Whitaker, quién fue no más ni menos que la primera en tirar un fideo contra un azulejo para ver si estaba pronto. Taboada es un tipo que llega a las fuentes. Dentro de su curriculum también se encuentra el caso Soviético. En el cual, en plena guerra fría, logró descubrir que la ensalada rusa, en Rusia se llama ensalada primavera.

El caso que hoy lo deja sin dormir comenzó a más de un año. Taboada estaba en su despacho investigando sobre una tribu indígena del noroeste de África, quienes desarrollaron una mutación genética que les permite cortar cebolla sin largar una lágrima. El caso no era tan jugoso, pero Taboada sabía que si lograba capturar el ADN de uno de estos indígenas, transformarlo en una solución y envasarlo, vendería millones. Eran más de las tres de la mañana, Taboada se encontraba trabajando en el caso Lagrimales Inmunes cuando recibió un sobre por debajo de la puerta. Se apresuró a abrir las ocho cerraduras, pero cuando salió al pasillo ya era demasiado tarde. El mensajero misterioso se había ido. De vuelta en su escritorio, Taboada abrió el sobre. Dentro tenía un papel con una sola línea escrita:

- “El mejor asado no habla castellano.”

Al principio Taboada pensó que era una broma, hasta soltó una carcajada. Pero dejó de lado el sobre y continuó investigando sobre los antillorones del África.
Una semana pasó hasta recibir el segundo sobre. De la misma manera miseriosa y a la misma hora. Esta vez la frase decía.

- “El mejor asado es chino.”

El segundo sobre confirmaba el primero. Hasta le daba más pistas. Taboada ya no podía hacer la vista gorda, debía investigar.

A primera hora de la mañana se tomó el colectivo que va por Av. Libertador. Se bajó una antes, caminó un poco, sacó la entrada, comenzó a recorrer el parque, a darle de comer a los peces y a entrevistar a algunos trabajadores del lugar.
Solo después de tres horas se dio cuenta que estaba en el Jardín Japonés, no Chino, y que allí no iba a conseguir muchas pistas. Así que decidió salir inmediatamente hacia una zona que seguro le sería más fructífera.

Se bajó en Barrancas de Belgrano y comenzó a caminar por el barrio Chino. Recorrió todos los restaurantes y para no despertar sospechas, comió un plato en cada uno. En total comió más de dos kilos y medio de arroz y treinta y dos empanaditas chinas. Pero en ningún menú había Asado.

Volvió a su departamento de la calle Rincón, a descansar un poco porque el sueño post comida se estaba adueñando de él. Antes de llegar a la casa, pasó por el videoclub cercano y se alquiló todas las películas de Van Dam, como para entrar en clima con el caso. Después de ver la primera media hora de película, durmió quince horas seguidas, que fue más o menos lo que tardó en hacer la digestión. Lo despertó un golpe en la puerta con otro sobre.

- “El mejor asado es chino, chino. De China, posta.”

Medió dormido todavía habló solo:
-“Claro, ¿cómo no me di cuenta antes?, tengo que ir para allá cuanto antes.”

Al otro día fue a la tintorería de la cuadra a hablar con su amigo Javier. Javier era su nombre argentino, que le dieron cuando inmigró a mediados de los noventas. Taboada le contó de los sobres y Javier se ofreció a darle el contacto de su primo que trabajaba en la embajada China en Buenos Aires a cambio de un lavado a seco de la ropa que Taboada llevaba puesta. Cosa que le pareció razonable y además le venía bien, porque sabía que en el mundo burocrático tener buen aspecto, ayuda.

Así fue que llegó a la embajada preguntando por el primo de Javier. Explicó el caso y en menos de dos horas tenía la visa y un pasaje ida y vuelta. Resultó ser que el primo de Javier era un amante del asado criollo y necesitaba saber tanto como Taboada si la hipótesis era verdadera.

El vuelo duró treinta y tres horas y veintidós botellitas de vino tinto. Finalmente el avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Shangai. A Taboada no le gusta esperar por su valija, así que decidió viajar con equipaje de mano. Tomó un autobús que lo llevó al centro de la ciudad. Los nombres de las calles eran imposibles pronunciar, por lo que Taboada llegó al hotel gracias a su poder de comunicarse con ademanes.

Después de tomar una ducha, bajó al lobby del hotel y preguntó sobre un restaurant que sirvan el mejor asado del mundo. El funcionario del hotel quedó perplejo, gritó algunas palabras en Chino señalando hacia la puerta para que se vaya. Taboada así lo hizo y tras caminar unas cuadras, escuchó un timbre de bicicleta. Al principio no prestó atención. El segundo timbrazo estaba cada vez más cerca, Taboada decide hacerse a un lado de la calle. El tercer timbrazo ya le molestó, cuando se dio vuelta para insultar a quien sea, la bicicleta lo atropelló. Taboada, la bicicleta y el chino cayeron para lados diferentes. Taboada enfurecido se levantó para golpearlo, cuando lo tenía de las solapas de la camisa, el chino soltó una palabra:

- “Asado.”

Taboada detuvo su puño a mitad de camino y el chino repitió.

- “Asado, asado.”

“Sí, asado! ¿Qué sabes de eso pibe?” Evidentemente lo que sabía muy poco de español, por lo que le hizo señas para que lo siguiera. Taboada lo siguió hasta el fin de la calle, dobló a la derecha, luego a la derecha y luego a la derecha, llegando al mismo lugar donde estaban. Lo cual hizo enfurecer todavía más a Taboada. Cuando lo agarro nuevamente de las solapas, el chino dijo.

- “Es para despistar.”

Luego golpeó una puerta cuatro veces y maulló tres. La puerta se abrió, una escalera los llevó hasta un sótano oscuro y con goteras. El chino entró a una puerta y le dijo a Taboada que espere en el pasillo. Taboada no entendía mucho, pero su olfato le decía que estaba en el camino correcto. Después de unos minutos la puerta se abrió y Taboada entró a una habitación más oscura y con más goteras aún. La única luz apuntaba al rostro de un anciano vestido de kimono que estaba intentando atrapar un grillo con un hisopo.

- “Típico, pronosticaron lluvia y yo me dejé el paraguas en casa.” Dijo Taboada para cortar el hielo.

- “Bienvenido Sr. Taboada. Siéntese por favor. Escuché que usted está buscando algo.”

- “Sí, ¿quién es usted? ¿Qué sabe del asado?”

“- Calma Sr. Taboada. Todo a su tiempo. Si quiere respuestas, va a tener que ganárselas.”

- “¿Ganármelas? ¿A qué se refiere?”

El viejo sacó un mazo de cartas y dijo:

- “Un partido a treinta, sin jardinera. Cortá, vos sos mano.”

Taboada seguía atentamente las manos del anciano, no sea cosa que le vengan a meter la mula justo a él.
Recibe las cartas: Un tres de oro, un siete falso y un sota.
Juega el sota.
El anciano canta envido. -“Envido-envido.” Apura Taboada. El anciano no se arriesga y la deja pasar. Dos puntos para Taboada. El anciano juega un tres y un seis de copas. – “Truco, quiero retruco, quiero.” Taboada coloca las dos cartas una exactamente encima de la otra. El anciano corrobora con su dedo que la carta de abajo mata su seis. Taboada sonríe. “- Quiero vale cuatro.” Taboada miró profundamente en los ojos del anciano. No podía ver mucho por la falta de luz y el agua cayendo del techo sobre su frente.
–“Quiero.” El anciano jugó las cartas sobre el mazo. Primera mano, seis puntos para Taboada.
En la segunda mano el anciano ligo tanto y Taboada tres sotas. El partido fue más parejo de lo pensado. Taboada ganando por cinco, después el ansiando entrando a las buenas con tres punto arriba por un vale cuatro no querido. Así llegaron a estar veintisiete a veintinueve.
Le tocaba repartir a Taboada. El anciano sonríe con la primera, con la segunda y no tanto con la tercera. El chino juega un seis de basto. Taboada canta envido. – “Real envido. Falta envido. Treinta y tres. Me ganaste de mano.” El anciano se levantó para festejar su victoria mostrando sus cartas, sin recordar que solo había ganado un punto que era lo que separaba a Taboada del triunfo. El anciano dejó ver sus otras dos cartas: un siete de copas y un caballo. Taboada sonrió. Los suyos eran de espada y además tenía el ancho.
Entre llantos, el anciano explicó a Taboada como llegar al monasterio de Drepung, en lo alto del Tíbet.

En el cuarto día de la expedición, Taboada está exhausto, el frío y el viento son inaguantables. Taboada y el chino, que se ofreció a acompañarlo a cambio que le enseñe a jugar al truco, continúan subiendo la cuesta. Una ráfaga de viento golpeó la montaña. El cielo se despejó y entre dos nubes apareció el monasterio. La cara de Taboada se iluminó. Sabía que estaba cerca. Infló su pecho de aire. Olía a verdad.

Llegaron al monasterio justo a la hora del almuerzo. Una vez dentro, el chino hizo las veces de traductor. El monje les dio las bienvenidas y los invitó a comer con ellos.
Taboada aceptó. – “Preguntale que hay de comer.” El chino preguntó y recibió la respuesta con una sonrisa. Taboada no precisaba saber más.
Entraron al salón comedor. El olor a carbón, humo y carne invadían el recinto.
A Taboada se le hacía agua la boca. Lo que había sido un murmullo de gente ahora era silencio. Todas las miradas estaban sobre Taboada y su compañero de viaje. Ellos saludaron y se sentaron a la mesa. La primera porción de asado fue para el monje principal, la segunda para Taboada. No lo podía creer. Lo que podría ser el mejor asado del mundo estaba frente a sus ojos. Dio el primer bocado. El punto justo, cocido y hasta medio crocante por fuera, jugoso por dentro. Tal como lo decía la carta. Taboada no necesitaba masticar para que la carne se deshaga en su boca. Fue ahí cuándo se dio cuenta que solo había tenedor y cuchara para comer. Cualquier cuchillo estaba de más. Taboada comió su porción y pidió repetir tres veces. Era verdad, todo era verdad. La textura, el aroma. Nunca había comido un asado así. Era una verdadera explosión de sabor. Cuando estaba terminando su tercer plato, sonó una campanada. Todos en el recinto se levantaron y miraron hacia la puerta de la cocina, Taboada también. Las puertas se abrieron y salió un monje gordo con un delantal blanco manchado de grasa y cenizas. Ante el gesto de reverencia de todos sus compañeros, el monje gordo dijo:

- “Un aplauso para el asador, no sean culeados.”

La ovación fue masiva.
Para la sorpresa de Taboada el asador era el gordo Toti, un cordobés de Río Tercero, que se había rajado de la Argentina justo antes del quilombo del corralito.

Los dos se quedaron entre Fernet y Fernet, contando cuentos hasta altas horas de la noche. Así fue que Taboada desmitificó que el mejor asado del mundo en verdad era chino, pero de Río Tercero.




Fotografía: Damián Nuñez.

Risotto del tiempo.

Esta, es la historia de María Angélica Muñóz. Una historia de poco presente y mucho pasado.

María Angélica es, o era, o es (más adelante en el relato, darán cuenta de porqué es difícil establecer tiempos verbales cuándo se habla de ella.) una mujer que vive de los recuerdos.
Todos tenemos una tía que relata siempre las mismas anécdotas, hasta cuenta los mismos chistes una y otra y otra vez, chistes de los cuales todos estamos obligados a reírnos como si fueran nuevas, por simple cortesía.

Ella es la típica persona que afirma, con total seguridad, que todo tiempo pasado fue mejor.
Que antes los políticos eran menos corruptos, que los chicos respetaban a sus mayores y que todavía quedaban costumbres.

El gusto musical, los libros de su biblioteca y las películas preferidas de María Angélica se puede resumir en una palabra: Clásicos.

María Angélica no se subió nunca a la era digital, no tiene ni mail, ni ciberamigos y la letra @ no llegó a entrar en su diccionario.
Sin embargo un artículo fruto de la era moderna sí entró en su mundo. Un producto de la tecnología sí logró ser parte de su día a día. No ha sido el lavavajillas, ni la multicheff, ni el microondas. Todos estos electrodomésticos no hacen más que adelantar los procesos y que el futuro llegue más rápido de lo debido. Quién conoce a María Angélica, sabe que ella no dejaría nada de eso entrar en su cocina.

Pero cuándo le informaron que existía un aparato que hacía que los productos se mantuvieran su estado natural durante más de seis meses, que lograba que el tiempo quedara estanco, como si apretase el botón de pausa en la video-cassettera, no pudo resistir a la tentación.
Así fue que María Angélica se compró su primer freezer.

Fotos, videos, grabaciones, todos estos recuerdos no eran comparables con lo que María Angélica podía conseguir con un freezer.
Ella quería sentir y para eso tenía que conectarse con más de dos sentidos.

Él que dice que nunca fue arrastrado a un lugar y un momento en el pasado gracias al aroma de un plato o a una cucharada de postre, miente.
¿Quién no vivió esas milésimas de segundos en que creés volver a ese instante de niñez, que tras un suspiro, se desvanece?

Así fue donde María Angélica encontró la solución a su necesidad de revivir lo vivido. En la comida. Pero no era cuestión de aprender recetas y repetirlas, ya que todas tienen su secreto y la mano de quién la prepara.

María Angélica se dio cuenta que congelar comidas era una posibilidad de revivir lo que quisiera cuando quisiera, sin depender de nadie.
Todo empezó con el cumpleaños de su hija de 15, sobraron varias porciones de la tradicional torta rellena con dulce de leche, crema y frutillas. Descongelarla luego de 2 años era como revivir su entrada al salón con ese vestido y las flores, los tíos sacando fotos, las lagrimas de las abuelas, el vals, el carnaval carioca, todo.
Lo mismo sucedió con el risotto de habas y tomates confitados que cocinó para el trigésimo aniversario de bodas con Nestor. O con el lomo a la pimienta que preparó el día que se enteró que iba a ser abuela.

Muchos rotulan los tupper en el freezer con el nombre de la comida, como para no terminar descongelando un sabayón para acompañar un pollo, creyendo que es un puré de papas.
María Angélica en cambio, coloca fechas, como si fueran vinos en una bodega. Esperando a que los recuerdos se añejen.
Mientras algunos congelan las sobras de cada día, como una buena manera de contribuir a la economía del hogar, María Angélica convirtió a la parte de arriba de la heladera, en una máquina del tiempo.

La posibilidad de encontrarse una y otra vez con la comida que había preparado tiempo atrás, con el mismo sabor, la misma textura y frescura, seducía tanto a María Angélica que empezó a cocinar de más, sólo para congelar y seguir recordando.

Descongelar masas exclusivamente en horno; no congelar preparaciones con huevo duro; envolver el pan en papel absorbente pasar unos segundos en microondas y luego darle un toque de horno para que parezca recién horneado; saber que se puede descongelar y volver a congelar carnes cuando cambian de estado; son algunos de los tantos conocimientos que le permitieron congelar cada vez más y terminaron por obsesionarla.

Gracias a esa obsesión de congelar fue que María Angélica tuvo un consuelo el día que Nestor murió.
Fue trágico y dramático para toda la familia, en especial para ella.
Pero cuándo todos lloraron hasta secarse los ojos de lágrimas, cuándo todos dijeron grandes palabra sobre su hombre y compañero de vida. Cuándo ya todos le dieron el pésame. Cuándo se encontró de nuevo en casa poniendo la mesa para ella y una silla vacía, fue que se dio cuenta.

María Angélica fue hasta el living, puso una canción de Rita Pavone, descorchó un vino, abrió el freezer y descongeló una pequeña porción del risotto de habas para cenar una vez más, con su amado Nestor.

Café Vs. Té.



Entra el Turco al bar, saluda levantando la ceja al Omar atrás de la barra. Omar ni pregunta y empieza a preparar un café corto con una gota de leche.
El Turco da una panorámica y controla. La fauna del bar es la de costumbre.

Está la mesa de los timberos, siempre con la trifecta fija y siempre pidiendo fiado. La mesa de los Rusos, en la que todavía se habla de que Ballester era un reino que no dió cierto.
Más atrás la mesa del Topo con la minita de turno. Esta vez era una gringa, rubia, alta y de ojos verdes. Fea como la mierda la pobre, pero igual era rubia, alta, gringa y de ojos verdes. El Topo es uno de esos tipos que no importa si es linda o fulera, el tema es como la contás.

Finalmente se sienta en la mesa del fondo, contra la ventana que da a la calle Belgrano.
¿Qué hacés Turco? Da las bienvenidas el Chala.
El turco saluda como pasando lista en una clase de primaria.
Chala. Patineta. Miguel.
A Miguel nunca le encontraron un buen apodo. Una vez le quisieron poner Pitirosporum Ovale, porque apareció de extra en una propaganda de shampoo. Pero era un apodo demasiado largo. El Turco decía siempre un apodo tiene que ser lo sufucientemente corto para para jugar al fútbol. Imaginate, entre que decís Pasala Pitirosporum Ovale, pasala que estóy solo, al Miguel le sacaron la pelota diez veces. Encima que el Miguel nunca fue un centroforward agraciado con el don de la habilidad. Pitirosporum Ovale duró menos que un pedo en una canasta. Miguel. Corto y consiso. En todo caso, el problema lo tendrá el próximo Miguel que quiera entrar al grupo.

Llega el Omar y le pone el café corto con una gota de leche.
El Turco se disculpa y dice.
¿Sabés que Omar? hoy me voy a tomar un Té.
¿Qué te pasa Turco? ¿Estás enfermo? Arremetió el Patineta.
No boludo, ¿por qué?
¿Comiste algo que te cayo mal? Siguió preguntando el Chala.
No, simplemente me levanté con ganas de tomar Té. ¿Qué pasa? ¿No puedo?
¿Y con el café que hacemos? Pregunto antes que se enfríe el Omar.
Dejá que me lo tomo yo. El Turco anda medio mariconeando, viste? Saltó el Miguel.
Qué mente cerrada que son ustedes, no lo puedo creer viejo.
Qué culo abierto serás vos querrás decir. El Miguel andaba inspirado.
Lo que ustedes no entienden, es que el Té es una simple víctima del marketing.
¿Qué carajo hablás Turco?
De verdad les digo.
Acaso, decime vos, ¿en qué momento el Té le perdió la pulseada al café?
No se, desde siempre.
Yo se cuando fue. Hubo un día, el día en que se puso de moda tomar un café después de comer. Ese día el Té cagó la fruta. Pensalo, el Té es mucho más digestivo que el café.

¿Alguna vez probaron un Té Negro de Ceylan con trocitos de jengibre, maracuya, durazno y pétalos de girasol?
No y por dos razones, porque no soy puto y porque no soy puto.
Otra vez con eso.
Pero Turco, el café se toma después de comer para que no te agarre la modorra.
Eso, el café tiene cafeina, ves Turco.
Y el Té también.
JA! Claro, el Té, cafeína, justo! Solto el Chala golpeando la mesa y buscando risas complices con la mirada.
El resto entró en la duda.
Todos sabían que el Turco era un tipo documentado. Desde siempre estuvo inscripto en la Readers Digest y se pasa viendo el Discovery. Era difícil argumantarle al Turco.

Bue, esa te la dejo pasar Chala. Sigamos. Lo que les decía. Es todo marketing.

Pero por ejemplo, ¿por qué el boliche no se llama Té el Urbión? Eh? Yo te voy a decir porqué. Porque si se llamara Té el Urbión, esto estaría lleno de viejas jugando Rummy.
Esa es verdad Turco, al Té el Urbión no vengo ni en pedo.

Claro muchachos, ahora ya está, las cartas están echadas. No da para cambiar la historia. Pero hay que verlo con otro ojos, criticar a los estandartes sociales. Tener una opinión formada. No es por hacerme el distinto, ni el místico, ni nada. Es una cuestión de gustos.

Para mi que a vos te gusta hacerte el señorito francés. Inentó hacer un chiste el Chala.
Chala, es la segunda. El Turco perdía la paciencia contra la ignorancia del Chala. Al final no se puede hablar de un tema serio con ustedes.
Para mi el Té es como tomar agua sucia con sabor. Arremetió el Miguel.
El turco entre risas comenta: Ah claro, y el café es mondongo con papas.
Si bueno, pero no es lo mismo che. Café es café.

El Patineta, que hasta entoncés era el más callado se decidió a dar su opinión.
Turco, sabés porque no da tomar Té?
Se acomodó en la silla y empezó su teoría.

Imaginate que estás en la calle, te miroteas con una mina en el bondi. Ella sonríe, vos te hacés el intersante.
¿Es morocha la mina?¿está buena? Pregunta el Chala.
¿Qué importa Chala?
Necesito saber, para entender bien el cuento tengo que saber los detalles.
Bueno, si, está buena. Entonces. Ves que toca el timbre y…
¿Y… es morocha?
Daaaale Chala, dejalo seguir con la idea.
Ta bien, ta bien. Solo quiero dejar en claro que yo me estoy imaginando una morocha.

Bueno Chala, el tema es que te hacés medio el gil, te bajás en la misma parada, lo de siempre, empezás un dialogo casual, de tráfico, que kilombo de la ciudad, que el clima.
Ves que la cosa va bien. Sentís la vibra. Al patineta le encanta hacer este tipo de entre para decir las cosas. Ella es intrigante pero no rara, piola pero no atorranta, bohemia pero no hippie.

Y morocha. Agrega el Chala.

El Patineta sin hacer caso continúa. Te engató. Ella está en sintonía. Ella se está riendo, tenés chances. Lo sabés. Estás confiado. Vos podés. Estás como querés. Caminás a dos metros del suelo. Y en ese momento de gloria, te decidís y das el paso:
Escuchame linda, porque no me das tu telefono y nos juntamos a tomar un Té?

¿Sabés el boleo en el tujes que te mete la mina? ¿Te das una idea, Turco?

El Turco respiró hondo como para empezar argumentar algo. Pero se quedó cayado.
Me cagaste Patineta, esta vez me cagaste. Sentenció el Turco. Y ahí nomás el Patineta le hizo señas al Omar para que traiga 4 cafés.




Fotografía: Alexandre d´Albergaria.

Strogonoff aéreo.

Muchos dicen que la comida de avión no merece el título de comida, que soló es una excusa para engañar el estomago durante el vuelo. Que hasta la cantidad es poca a propósito, porque nadie comería más que lo que cabe en esa bandejita.
Puede que tengan razón, pero los que dicen eso, jamás probaron el pollo al strogonoff de Atlantic International.

Esta línea aérea comezó, como su nombre lo indica, conectando ciudades de uno y otro lado del Océano Atlántico. Tiempo despúes, el mundo globalizado se encargo de que Atlantic International haga vuelos por encima del resto de los océanos. Con un mínimo de nueve horas de viaje, estaba garantizada una comida, ya sea almuerzo o cena. Y por cada almuerzo o cena, existía una posibilidad de recibir una porción de pollo a la strogonoff.

Se dice que el éxito de esta empresa aérea multinacional se debe, en gran medida, a unos simples trozos de pollo envueltos en una salsa suculenta.

En lugar de la típica pregunta: ¿Qué se va a servir? ¿Pollo o pastas? Las azafatas pasaban levantando pedidos preguntando: ¿Pata o muslo?

Por esta época fue que Jaqueline Vouguen comenzó a trabajar como asistente a bordo.
Siempre impecable, con su traje color caqui y su sonrisa llena de dientes. Parecía una gazela gesticulando dónde quedaban las salidas de emergencia. Con la dulzura de una chica de unos veintipocos años, recien cumplidos.

El momento de la comida era su preferido por dos cosas: porque la gente le agradecía y la felicitaba como si el pollo hubiera sido fruto de sus propias manos. Al prinicipio, su reacción era explicar que ella no tenía nada que ver, que en todo caso, ella se iba a encargar de comunicar el halago a la cocinera. Pero con el tiempo, cambió las explicaciones por agradecimientos y se hizo cargo completamente de todos los créditos. Al fin y al cabo de alguna u otra manera, era ella la fuente de donde provenía tan preciado manjar.

La segunda causa por la cual el momento de la comida era el mejor del viaje, era básico y simple. Después de servir a todos los pasajeros, es el momento de comer para los tripulantes. Los compañeros de vuelo de Jaqueline iban cambiando, las charlas también. Algunas eran más divertidas, otras simplemente se trataban sobre en cuántas ciudades había estado cada uno. Charla que para Jaqueline, era una competencia absurda enmascarada de cordialidad. Nadie quería saber en realidad donde había estado el otro, sino ver donde no había estado, para entrar con el comentario:
-“¿Cómo?, ¿no fuiste a Bangladesh? no te lo puedo creer. Si no fuiste a Bangladesh, no viste nada. Allá es otra cultura, otros valores y se come de bien!”
Cada vez que escuchaba estas frases, ella pensaba: - “Esta se hace mucho la viajera y apuesto que no salió del aeropuerto y la comida de la que tanto habla, seguro venía en bandeja y con el logo de Atlantic International.”

De todas maneras, ninguna charla era mala, mientras hubiera pollo al strogonoff de por medio. Jaqueline disfrutaba mucho el aroma, la espesura de la salsa, el punto jugoso del pollo.

Con tanta cantidad de vuelos y destinos, es moneda corriente en este tipo de rubro que entre los tripulantes aéreos se pidan favores. Se cubran unos a otros, algo asi como: hoy voy a Madrid por vos y mañana vas a Hamburgo por mi.
Habitualmente, la persona interesada en cambiar de destino, lo hace para ir a uno más exótico, o uno donde tiene algún amante o amigo para ir a visitar.
En el caso de Jaqueline, si tenía que elegir entre, Tokio o Sidney, elegía el vuelo que venía con pollo.

Así fue que de Paris voló a Bruselas, de Bruselas a Florida, de Florida a San Francisco, de San Francisco a Hawai y de Hawai a Seul, de Seul a Mumbai, Mumbai a Estambul y de Estambul a Paris. Siempre siguiendo la ruta del pollo. Quien conoce la historia de Jaqueline Vouguen, piensa que es una persona cerrada a probar nuevas cosas. Lo que no saben, es que en cada destino, Jaqueline iba en búsqueda de un plato que supere en su podio personal al pollo al strogonoff. Le dio chances a los mejillones de Bruselas, cenó kim chee en uno de los mejores restaurantes coreanos en Seul y también se dejó tentar por el Khorma en Mumbai. Pero ninguno como de estos superaba al pollo degustado a treinta mil pies de altura.
Cuando terminó de dar la vuelta, se dió cuenta que entre vuelo y vuelo fue ganando horas y al final del viaje había ganado todo un día. Un día de vida. Tal como en el cuento del viaje en globo. Esto le causo gracia y comenzó a hacerlo como rutina. Repitió ese itinerario semanalmente durante meses. Siempre hacia el Oeste, siempre ganando horas y siempre disfrutando de su pollo al strogonoff.

Al año y medio habia ganado un mes. Y así siguió, buscando vuelo cada vez más largos, sin escalas, casi en linea recta. Mientras menos conexiones, más rápido estaría ganando horas.
Los vuelos largos e incomodos que nadie quería, eran los preferidos por Jaqueline.
Asi fue que modificó su ruta para viajar de Paris a New York, de New York a Seattle, de Seattle a Tokio y de Tokio a Paris.
Cada vez que volvía a Paris sentía que volvía a casa y allí se quedaba una semana.
Pasaron los años y su colección de horas, días y meses llegó a veintitres meses, quince días y ocho horas. Casi dos años de vida ganados. Dos años. Esto la estimulaba cada vez más.
Es sabido que en la profesión de los asistentes aéreos, la juventud es casi un requisito. Nunca nadie vió una asafata vieja.

Este último pensamiento repicaba en la cabeza de Jaqueline. Cada vez que estaba en tierra, sentía como su cuerpo envejecía segundo a segundo. Porque no estaba viajando hacia el Oeste, porque no estaba ganando horas, porque estaba perdiendo el tiempo. Su carrera contra el tiempo era diferente a la de las demás mujeres, ella no necesitaba de cremas antiarrugas, ni pilates, ni liftings, ella sólo necesitaba volar.

Así fue que un día, exactamente un quince de Septiembre, decidió tomar una medida drástica: Paris-Vancouver, Vancouver-Shangai, Shangai-Paris. Sin escalas, sin demoras. Tres vuelos, de ocho horas cada uno, seguidos, siempre ganando horas, siempre hacia el Oeste. Llegó a Paris en lo que tarda un día y había ganado casi la misma cantidad de horas. El tiempo no pasó, al menos para ella. Siguió siendo quince de Septiembre, al menos para ella.

Ese quince de Septiembre, que para el resto del mundo era dieciseis, Jaqueline Vouguen descubrió que para ser azafata, sólo tendría que mantenerse joven y para mantenerse joven, solo tendría que seguir siendo azafata.
Ella continúa trabajando en Atlantic Intertational, viajando de Paris a Vancouver, de Vancouver a Tokio y de Tokio a Paris. Siempre impecable, con su traje color caqui y su sonrisa llena de dientes. Pareciendo una gazela gesticulando dónde quedaban las salidas de emergencia. Con la dulcura de una chica de unos veintipocos años, recien cumplidos.
Y siempre esperando con ansias el momento de la comida, para disfrutar su pollo a la strogonoff.

Vidriera

Con ustedes las celebrities que pasaron por nuestro espacio en la muestra de Off en vivo.
Gracias a todos!




La niña que nació de un guiso. (Versión prosa)

- “Fijate cada veinte minutos si está listo.” Eso le había dicho Vero y eso recordaba con humor a cada hora que pasaba. Mira el calendario y no lo puede creer. Las primeras tres semanas se le pasaron sin darse cuenta. Como era invierno, con frío y lluvia, ni ganas de salir a la calle le daban. Además la novela se ponía interesante capítulo a capítulo. Y la novedad de las novelas enteras en DVD, le despertó una adicción absurdamente moderna. Sólo tenía que ocuparse de vez en cuando de revolver la preparación.

Martina no era buena cocinera, tampoco le interesaba serlo. Cuando se mudó con Javier, hizo un primer intento y probó suerte con un curso de cocina fácil, esos que arrancan desde “Para prender la ornalla…”, pero el sólo hecho de pasar una hora preparando algo que se come en diez minutos, le parecía extraño.

Martina siempre siguió los consejos de su amiga al pie de la letra, tanto los culinarios como los consejos de pareja. Después de todo, fue gracias a ese pollo a la barbacoa que conquistó el corazón de Javier.

- “Dale tiempo para que salga en su punto justo” Otra de las frases de su amiga. En su cabeza, cada minuto que pasaba, podía ser el último. Sin importar cuanto había pasado. O mejor dicho, sí, teniendo en cuenta todo el tiempo que había pasado, porque mientras más tiempo esperaba, menos tiempo iba a esperar. Eso la esperanzaba y no la dejaba ni siquiera poner sobre la mesa la hipótesis de abandonar la cocción a la mitad.

Mientras espiaba impaciente esa gran cacerola, Martina se enredaba con sus propios pensamientos. Veinte minutos. Ni uno mas, ni uno menos. ¿Cuántas veces en su vida se había sentido presa del tiempo? Muchas. Este era un ejemplo más de que finalmente, el tiempo termina definiendo el resultado.

A la semana número diecisiete Martina empezó a medir el tiempo en secciones de veinte minutos, cada vez que el reloj, marcaba los veinte minutos, Martina miraba el horno. “Pucha digo, todavía no está” y vuelta a poner el relojito.

Para esta altura, Martina se había mudado a la cocina. Tener la cama mas cerca del horno la hacía estar atenta y poder cada veinte minutos, revolver la preparación, poner el reloj otros veinte minutos y volver a dormir, sin salir de la cama.

Con el tiempo ella se empezó a notar un poco más gorda, pero pensó que era a causa del sedentarismo. Hacía semanas que no se separaba de al lado del horno.

- “Minutos más sale seco, minutos menos, crudo.”Enredada pensaba en como el tiempo iba resolviendo su vida. Por estos tiempos ya empezaba a sentir cosas diferentes, aparte de movimientos extraños en su cuerpo y dolores que no entendía de donde venían.

Había seguido todas las indicaciones de Vero, picó cebolla, morrón, puerro, champignones, hongos, reahogó todo en una cacerola, le agregó lentejas, caldo de verduras, puré de tomates, laurel y unas arvejas.

Constantes sentimientos encontrados.Por momentos se enojaba. Por momentos estaba feliz.Se encontró irritada, gritando barbaridades a un vecino que tenía la música fuerte, para minutos después pedirle que suba el volumen de ese tema de The Cure que tanto le gusta.

Muchos hubieran abandonado en la semana número treinta y dos, pero no Martina. Ella sentía para ese entonces, como un inexplicable sentimiento de protección empezaba a tomar buen porcentaje de su conciencia. Cosa rara en una típica sagitariana independiente.Sentía que esa preparación debía ser protegida, y quien mejor que quien la creó para protegerla.

A la semana número treinta y seis, sentía que algo grande venía. Algo adentro suyo se lo decía. Sonó la alarma del horno. Casi automáticamente se levanto para hacer una vez más el ritual de abrir levantar la tapa, revolver, poner el reloj y volver a la cama. Antes de entrar en la cama, se distrajo viendo algo en la ventana. No por la ventana, sino en la ventana. Su reflejo.Hacía meses que no se veía en un espejo.

El primer grito fue del susto, porque pensó que estaba viendo a una extraña. El segundo fue porque se dio cuenta que se estaba viendo a ella misma. La panza, la cara, las piernas, los brazos, los hombros, la cintura, todo hinchado. Al borde de la desfiguración. Increíblemente hinchado. El tercer grito fue de dolor. Una puntada gigante dobló a Martina al medio. Su respiración se agitó de golpe, sus pulsaciones superaban ampliamente lo normal. Transpiraban sus manos, su frente, su vientre. No pudo más que tirarse en la cama de piernas abiertas.El aire estaba enrarecido, el calor empaño todos los vidrios de la cocina. Otra puntada aún más fuerte que la primera y la mitad de una uña se le saltó, haciendo fuerza para aguantar el dolor. Martina no sabía que estaba pasando. El oxigeno en esa cocina no era suficiente para dejarla pensar. Con la tercera puntada sonó la alarma del horno. Se escuchó un nuevo grito en forma de llanto, que ya no era de ella, sino que venía del horno. La preparación estaba lista.

La niña que nació de un guiso. (Versión verso.)




Una madre que procrear no podía,
dejar de llorar decidió un día.
Pues manos a la obra pondría,
y en una cacerola lo cocería.

Puso todos y más algún ingrediente,
sin saber que amor y cariño era suficiente.
El guiso comenzó siendo guiso,
y terminó convirtiéndose en hijo.

Abundan niños con antojos en lugar de cara,
pero este caso al revés sería,
pues la madre que una hija deseara,
una tarta con cara de niña tendría.

Niña Tarta la llamarían,
pues aspecto de eso tenía.
sin importar que el destino quiso,
que ella naciera de un simple guiso.

En la playa mal la pasaba.
Sola, y triste siempre jugaba.
Si algún perro astuto se acercaba,
era por el olor a tarta recalentada.

Niña Tarta entró a la escuela,
de amigas nuevas se rodeaba,
ninguna flaca ni esbelta,
sino gordinflonas en manada.

Y resultó su grupo más cercano,
ser del cuento el villano.
Una excursión al zoológico sería,
de donde la Niña Tarta jamás volvería.

Ninguno de sus compañeros faltaba
cuando de probar la tarta se trataba.
Ignacio impaciente, fue el primero,
en tomar coraje y comer un trozo.
El comentario fue cruel y certero,
¨Nunca comí algo tan sabroso.¨

Uno a uno probarían,
el sabor a tarta prohibida.
Ya frente a la jaula del gorila,
ni la mitad de niña había.

Se oyó decir entre la jauría,
que media niña, sospechas daría.
Piedad, lloró la Niña a su amiga Paula.
Era tarde, ya yacía dentro de la jaula.




Aclaración: esta historia fue altamente influenciada por el libro: La melancólica muerte del niño ostra y otras historias, de Tim Burton, que se lo recomendamos mucho mucho.




Ilustración: Bruna Guerreiro.

Ñoqui Sindicalista.



Compañeros!


Yo, como ustedes, soy un ñoqui y estoy harto. Harto de los rituales. Sé, de facto, que no soy el único en esta condición. Hay varios como yo, muchos aquí presentes. Es hora de levantarnos en contra del dictador que proclamó tantas leyes para con los de nuestra clase y de sus seguidores.
Creen que no podemos contra ellos, que no somos capaces de tener la fuerza suficiente. Yo digo que: Unidos podemos. Es sólo dejarnos hervir un poco más y van a ver cuán unidos podemos ser. Por eso proclamo que sea inminente la formación de la UÑER, la Unión de Ñoquis En contra de Rituales. Organismo que luchará por varias causas. Como ser, el 29.


Lejos de ser desagradecidos, hay que admitir que cuando ese día llega, sentimos cierto prestigio. Además no todos los platos tienen su día. Somos concientes que hay casos
mucho peores, como el de nuestro viejo y querido locro, que tiene nada más que un día de gloria al año. De todas maneras, ya bastante tenemos con nuestra proclama, como para andar defendiendo causas ajenas.Es tiempo que nos revelemos contra esta fecha que nos encasilla. Que nos deja relegados al final de cada mes. Esto sin ni siquiera hablar del mes de Febrero, al cual esperamos como si fuera un mundial fútbol, una vez cada cuatro años.Esta desvalorización es una muestra de ingratitud, una desvalorización, como tantas otras.


Es que no se dan cuenta que somos uno de los platos más nobles, que siempre estamos dispuesto. A los hechos me remito compañeros: Un fideo te tarda de 8 a 10 minutos después de hervido, unos ravioles de 5 a 8. En cambio nosotros, es sólo meternos en el agua que ahí estamos, flotando. Qué digo flotando?! Saltando para que nos pesquen y nos sirvan. Creo fehacientemente que somos la opción ideal para el soltero que no sabe que cocinar. También para la madre ejecutiva que no tiene tiempo de andar con recetas elaboradas. Ñoquis, manteca y queso. ¿Quién se resiste a un plato así?


Otra situación inentendible a tratar: ¿Qué es esa historia de ponernos plata? ¿Acaso no somos los suficientemente apetitosos, que tienen que andar pagando para que nos coman? Haciendo números en el aire, multiplicando un promedio de 2 pesos por plato de cada argentino una vez al mes, en los últimos años deben ser millones los que se gastaron. ¿Por qué no utilizar ese dinero para otra cosa? Para producir más y mejores salsas por ejemplo.Para comprar un espacio más prestigioso del menú y de esta manera llegar a lo más alto del listado de pastas.


Continuo enumerando compañeros y pregunto, ¿por qué no hablar de la moda de no pasarnos el tenedor? De esa tendencia que dice que un pequeño cubo de masa se puede llamar ñoqui. De ninguna manera señores! Ya lo dijo el prestigioso cirujano plástico especialista en senos Vladimiro Gutierrez: ¨El secreto está en la forma.¨ No me refiero tanto a las canaletas, que son más de pinta que otra cosa. Pero me refiero al huequito que se hace dentro del rulo. Ese huequito lleno de salsa, es como un bombón con sorpresa en forma de sabor, que explota en la boca.


Esta situación no da para más amigos. Es como una olla a presión en la que estamos metidos.Propongo que convoquemos a una asamblea extraordinaria y votemos para que hoy, 28 de noviembre del 2008 sea el día en que el ñoqui dejó de ser un ritual caprichoso y proclamó su igualdad ante el pueblo gastronómico.


Me llena de esperanza verlos aquí reunidos a todos, desde clásicos de papa, hasta los modernos coloridos de remolacha, pasando por saborizados y los soufflé.

Les garantizo que luchando, podemos lograr que quieran tenernos en su plato sin mirar el almanaque. Y por sobre todas las cosas, sin coimas de por medio.


Me despido, no sin antes agradecer a todos los presentes y desear mucho queso rallado para todo el mundo.


Y recuerden compañeros: Juntos, somos una masa!





Ilustración: Bruna Guerreiro.

Que no quede en un Blog: Muestra+Fiesta


El viernes 28 de noviembre los esperamos en Espacio Giesso donde tendremos un espacio especial para "Que no quede en picada".
Se trata de una muestra, donde se expodrán los trabajos publicados por nuestro blog amigo Off.
Off, es creada y realizada mes a mes por Gabi Marin desde La Toscana, Italia, donde muestra no sólo diferentes disciplinas artísticas, sino también diferentes costumbres y maneras de vivir. Se mostrarán en vivo los trabajos presentados on line en sus diferentes secciones durante casi dos años.
Comenzará a las 21 y contará con exhibiciones de pinturas, dibujos, música en vivo, animaciones, escritos y, quién dice, tal vez luego del toque de queda terminemos danzando en medio de esta puesta en escena cultural.

Los esperamos!
Dani y Juan

[ PARA AGENDAR ]
Qué: Off en vivo
Cuándo: Viernes 28 de Noviembre. 21 hs.
Dónde: Cochabamba 360, San Telmo, Buenos Aires, Argentina.
Datos importantes: Entrada sin cargo.
Qué se verá, escuchará, degustará, sentirá en la muestra: www.off-montepulciano.blogspot.com

Dulce despegar.

Miraba por la ventana. Estaba en unos de esos días en que cualquier cosa que pasa es buen motivo para reflexionar. Sacar conclusiones. Ir y venir de pasado a presente, ir y volver de futuro a presente. El cotidiano juego de la mente.
Sentía fuerte, algo le faltaba, extrañaba algo que en realidad nunca había llegado a tener.
El sol le hizo recordar. Un patio grande de baldosas grises, líneas rojas, recreos, tizas, libros y un lápiz y una hoja. Los renglones se completaban solos, el lápiz se deslizaba por la hoja como si se conocieran desde siempre.
Nunca supo como fue que esa hoja se voló. Pero un día ya no estaba.
Pasaron los años. El lápiz quedó en un cajón junto a otras tantas chucherías que no se decidía a tirar, no llegaba a pasar al primer cajón de las cosas de todos los días.
Seguía en la ventana cuando un viento hizo aterrizar un avión de papel en su hombro. Lo abrió. Era una hoja llena de renglones con diferentes formas, líneas rectas, curvas, horizontales, diagonales. Parecía extraña, lejana pero calida a la vez. Había frases sueltas, intrigantes y tenia aroma…aroma a especies, como si hubiese estado durmiendo en una vieja alacena por largos años. Corrió al cajón de las chucherías y buscó ese viejo lápiz. Le sacó punta y atacó eufóricamente esos renglones. De repente sentía liviandad.
Resultó algo confuso, desarmado, desprolijo. Con cierta impotencia, decidió volver a armar el avión y soltarlo para que vuele.
Corrió a la cocina, ahí su creación no conocía limites. Empezó a batir seis claras a punto nieve. Seguía pensando en ese avión, como era que ese sencillo papel le provocaba tanto revuelo? Batió seis yemas con una taza y media de azúcar, media taza de aceite, tres cuartos de taza de agua, esencia de vainilla y una taza y media de harina con tres cucharaditas de royal y una pizca de sal. Aterrizó de la nada devolviéndole algo que ya creía perdido. Mezcló de forma envolvente ambas preparaciones. La volcó en un molde de veinticuatro centímetros de diámetro.
Cuando estaba por llevar la preparación al horno sonó el timbre. Era el cartero. Insólitamente le entregó el avión que había hecho despegar tiempo atrás. Lo abrió y pudo reconocer en el papel lo que había intentado dibujar pero convertido ahora en una dulce melodía. Por medio de lo simple y puro, de sentimientos ingenuos y despojados, de risas.
Llevó la preparación al horno. Durante los cuarenta y siete minutos y treintaiun segundos que espero a que se infle leyó y releyó y volvió a leer el avioncito una y más veces. Una sonrisa se le iba dibujando en la cara. Una sonrisa dulce y cómplice.
Chilló el timbre. El horno avisaba que estaba lista. La sacó, la abrió al medio, la humedeció con un almíbar improvisado y la rellenó con mucho mucho dulce de leche “estilo colonial”. La bañó en chocolate y le pincho una por una las velas. Agarró el lápiz que había dejado tirado por ahí y en una hoja sin renglones escribió “Chin cHin! Por una vida llena de dulces sOrpresas, risas y Todo lo que haga lindO al alma”
Envolvió la torta en un gran avión de papel y con un envión lo hizo despegar en dirección al noreste. Acomodó la cocina y guardó el lápiz, ahora un poco más gastado, en el primer cajón.

Encuentro deseado.



¿Para qué voy?, ¿para qué voy a ir si no va a estar? Claro que no va a estar. Ni se debe acordar que hoy es hoy. Faltan ocho estaciones. Todo por ese budín de cocos. Eran días der ver todo lindo, de creer en cosas que hoy, ya no son. ¿Cómo hubiera sido todo, si ella no se hubiera ido? ¿y si la hubiera seguido? No creo que esté. No va a estar. De los dos, siempre fui el más negativo. ¿Cómo estará vestido? Irá con la misma camisa de la última vez. Dudo que la tenga guardada, pasaron unos años. ¿Se acordará de la margarita amarilla? Claro que sí, ¿cómo se va a olvidar? Hace años que espero que sea hoy. Pensé en llamar antes y anticiparme, sorprenderlo, aparecerme en su trabajo, porque me fui, pero nunca me fui. ¿Cómo habrán sido estos años en su vida? ¿Habrá vuelto a comer ese budín? Seguro que no. De los dos, siempre fui la más optimista. Ayer llamé por teléfono, el bar sigue existiendo. Igual, como si no pasara de vez en cuando, para ver si la veo sentada, en la que alguna vez fue nuestra mesa. Pero, ¿qué se yo?, mirá si justo en esta semana, se convitió en un ciber o alguna cosa de esas. De los dos, siempre fui el más cuidadoso. ¿Cómo era el nombre del bar? El bar de Román, no, así le decíamos nosotros, porque el dueño era Román, que buen tipo Román, siempre nos reservaba la mesa, siempre con una sonrisa, siempre con algún chiste sobre la noticia del día. Algunas veces hasta parecía guionado, como si levantara temprano para practicar, te imaginas? Qué locura! ¿En qué estaba? ¿Me pasé!? Uy, no me digas que me pasé otra vez. No, no, todavía estamos al 2900, falta, falta. De los dos, siempre fui la más despistada. ¿Cómo la saludo? Un beso. ¿Dónde? Mirá si me como el amague, no, mejor un beso no. ¿Un abrazo? ¿Qué dure cuánto tiempo? ¿Mucho, o poco apriete en el abrazo? Si es poco, voy a parecer frío, si es mucho, un desesperado. Medio. La voy a saludar con un abrazo medio. Si es que está claro. Igual seguro que no. Seguro. De los dos, siempre fui el menos improvisado. ¿Era martes ese día no? Creo que sí, elegimos la fecha hoy porque volvía a ser martes. El budín era bueno, creo que lo preparaban con leche condensada. Pero lo especial se lo pusimos nosotros. Un simple juego que quizás hoy se termine. O comience. Estoy cerca ya, me doy cuenta porque me empezó ese comezón en las manos. De los dos, siempre fui la más ansiosa. En la próxima me bajo, ¿qué hago, paso a comprar la flor? ¿Cómo le va a caer? Como: hola, estoy acá, sentado igual que la otra vez, no me pasó absolutamente nada en estos años. Sigo en el mismo trabajo, sigo queriendo publicar el libro que nunca publicaré. Sigo igual de poco interesante que antes y esta flor, te lo confirma. De los dos, siempre fui el más autocrítico. Increiblemente sigo jugando al mismo juego. ¿Cuantó tarda cualquier cosa en hacerme pensar en él? Por ejemplo ese poster de las Islas Filipinas. Las Islas Filipinas … están cerca de la costa de China. A él le encantaba la comida China. Esa fue fácil. Esa viejita. Si la vez bien, esa viejita se parece a la kioskera de la facultad. Facultad que queda en la calle Hipólito Yrigoyen, calle en la que, a unas cuarenta cuadras, vive la tía de: él. De los dos, siempre fui la más memoriosa. Ni entro, camino despacio bien cerca de la ventana y pispeo, si está entro, sino sigo de largo. O entro y me pido un budín de coco, por lo menos el budín va a estar rico. Un budín y me voy. Tal como fue la última vez. Ya pasaron quince minutos. Sabía que esto iba a pasar. ¿Qué le hubiera dicho si la veía? Que algunas mañanas, pareciera que no me despertara solo. Que entresoñando, siento que me acaricia. Tengo mis dudas de cómo sería todo. Estoy seguro que no somos los mismos. Pero ¿qué importa? igual podemos jugar a que somos dos desconcidos de nuevo. Que jugar es lo que mejor nos sale. Casi termino mi budín. Eso me da derecho a un deseo. Olvidarla. Mi deseo sería olvidarla y que ella también me olvide. No hay caso, en el fondo, pensé que iba a venir. Má si, pago, voy al baño y me voy. De los dos, siempre fui al que más le cuesta empezar algo nuevo. Tranquila, respirá. No puedo creer que nos vamos a ver. Ya estoy a media cuadra. A media cuadra de decirle que me cansé de despertarme y buscarlo al otro lado de la cama. Que quiero seguir la historia que dejamos en puntos suspensivos. Que todo sea igual a como era antes. Como si nada hubiera cambiado. Pero, ¿y si él cambió?, o peor, ¿si yo cambié y no me di cuenta?, ¿si la química no es la misma? ¿Si nos juntamos para desilachar una relación que estaba intacta, y nos aguantamos hasta ser viejos, sólo porque una vez nos lo prometimos comiendo un budín? ¿Desde cuándo un budín tiene tanta autoridad, para arruinar una relación que así como está, está bien? ¿Qué estoy haciendo? Haber venido es una locura. Cuánto más fuerte se siente a un viejo amor, que al que se tiene. Ya estoy acá, aunque sea lo saludo y me voy. No está. Qué raro?!, estará por llegar. Pero, si él siempre fue puntal ¿Será que no vino? o peor aún, ¿se habrá olvidado? ¿Cómo no me di cuenta antes? Él no me esperó. Por lo menos, no lo suficiente. Qué ironía, en nuestra mesa, alguien dejó un plato con lo que era un budín. Lo probaría sólo para pedir un deseo. Hasta ya se que pedir. Enamorarme del primer tipo que me cruce. Por ejemplo de ese que acaba de salir del baño. De los dos, siempre fui la más soñadora.




Ilustración: Katherine Dossman.

Ideas del día después.




El proceso creativo tiene diversas fórmulas, caminos, puntos de inicio, gatillos disparadores, cada uno con su librito. Esta es la historia de un genio contemporáneo: Augusto Martinelli, escritor culiniario.

Le llevó años a Martinelli encontrar su verdadera vocación. Pasó por varias redacciones de diarios y revistas, dejando su impronta en la historia periodística de los años ochentas. Como la vez en que el Sumo Pontífice se vió cuestionado a causa de irregularidades tributarias de la iglesia. El titular regía:¨ El Papa sabe donde esta la papa.¨

O cuando trabajando para un diario local, tituló la noticia de un trágico accidente de tránsito en el cual un camión que transportaba productos vitivinícolas provenientes de la región de Mendoza, perdió el control y terminó incrustado contra el centro de la asociación barrial Albina de Ituzangó, con la frase: ¨ Al bino, vino.¨

Fueron este tipo de titulares polémicos los que hacían que Martinelli no durara más de dos o tres meses en cada puesto de trabajo. Algunos amigos cercanos lo consolaban diciendo que era un incomprendido. El resto de sus amigos, directamente le dejaron de dirigir la palabra.

Durante sus períodos de abstinencia laboral, Martinelli pasaba dos tercios del día en el bar. El otro tercio se lo dedicaba sus ocho horas de sueño. ¿Quién iba a pensar, que las largas noche de bebidas, iban a abrirle una nueva perspectiva dentro del imaginario mundo de la creatividad?
Su musa inspiradora no viene del alcohol. O por lo menos, no directamente.

Algunos dicen que la mayoría de los grandes artistas que hoy se idolatran en salas de museo, eran consumidores y abusadores de diversos tipos de estupefacientes. Que gracias a la droga tenemos al surrealismo.

La historia de nuestro genio no tiene nada que ver con eso. O por lo menos, no directamente. La genialidad de las ideas que Augusto plasma en un menú, no le llega cuando está borracho. Sino a la mañana siguiente, cuando está de resaca.

En contraposición con la habitual reacción del cerebro de cualquier persona, para Martinelli los minutos traz despertarse de una buena borrachera eran instantes preciosos, que valían su peso en oro, si se pudiera colocar el tiempo en una balanza.

Antes de salir al bar, colocaba estratégicamente alrededor de su cama varios block anotadores y lápices, que utilizaría a la mañana siguiente. Las ideas surgían como agua de un manantial en esas horas.

En un inicio intentó mecanizar el sistema, yendo al bar a temprano, para tomarse su serie de tres whiskys, cuatro countreux, tres botellas de vino y una copita de jerez para cerrar.

Pero a medida que su fama crecía, más se ponía en riezgo su esquema, y con él, la continuidad de su éxito. Lo que sucedió fue que los textos de Martinelli comenzaron a tener una gran repercución en el mercado, al año, casi todos los restaurantes del area metropolitana solicitaron de su servicio.

La obra de Martinelli, se basa en darle un brillo especial a los platos, de dar títulos y descripciones suculentas, a veces hasta sobreprometedoras. Es el caso del comensal que llega sin hambre al restaurant y termina pudiendo entrada, primer plato, plato principal y compartiendo alguna delicia de la carta de postres. Dicen en el barrio, que una vez, un texto de Martinelli hizo comer carne a un vegetariano que llevaba décadas sin probar derivados de la vaca.
El plato se llamaba: Destellos rumiante reposado en verdes consuelos. Y estamos hablando de un bife con ensalada, imaginate lo que era capaz de hacer con un pato a la naranja.

El aumento en la demanda lo llevó a Augusto a tener que agrandar el negocio. A tener una serie de escritores a su cargo, a llenarse de reuniones. Programar estas reuniones, dificultaban el proceso creativo. Por la mañana era imposible, ya que era el momento de la creación y además el alineto de Augusto era capaz de voltear a un toro. Al mediodía era la hora de revisión de la producción de su equipo y por la tarde tenía que comenzar la tarea de ingerir ideas en estado líquido, que cosecharía en el día siguiente. Esto hizo que Augusto cambie sus hábitos. Comenzó por almorzar con vino y dormir una buena siesta, pero eso no daba resultados suficientes.

Así fue que Augusto comenzó a desayunar café con whisky. Pero no me estoy refiriendo a un cafécito irlandés. Me refiero a un café por costumbre y media botella de etiqueta negra. Con el pasar los años, la resistencia al alcohol del paladar de Augusto era tal, que tenía que innovar en su repertorio. Esto, sumado a su autoexigencia característica, hacia llegar al extremo la ingesta etílica diaria.

El primer coma alcohólico no fue dramático, al contrario, cuando despertó, lo primero que hizo fue pedirle a la enfermera que le traiga un lápiz y un papel. Escribió ciento cincuenta y tres títulos de platos seguidos, sin repertir ni uno sólo. La producción que le hubiera llevado meses, la consigió en media mañana, gracias a esas dos botellas de ajenjo con naranja. El médico le indicó abstinencia absoluta.

Pero es difícil bajarse del estrellato. Por esa época, la obra de Martinelli ya hacía repercución en el exterior, en Francia era más conocido que el cremé brulé. Fue cuando le llegó el pedido de escribir la carta completa del restaurant con mayor reputación en europa occidental:
Le Frou-Partout. Para él era como escribir para el New York Times, el sumum de su carrera.

El contrato requería de su total atención. Por eso decidió dejar el trabajo del día a día con su equipo y viajar de inmediato a tierras galas. Desde que llegó a Paris, Martinelli sólo bebía Belle Epoque de Perrier Jouet. Champagne que alguna vez había probado y le traía grandes resultados. Para solucionar la barrera idiomática, pusieron a su disposición a un grupo de cinco traductores.

Todos indicaba que ese iba a ser la consagración de nuestro ilustre escritor. A la mañana siguiente, el cartel de no molestar dejaba en claro que el genio estaba trabajando. Pero llegadas las ocho de la noche, el conserje se vió obligado a forzar la puerta de la habitación ciento cuarenta. Ya era tarde. Martinelli estaba desplomado sobre la cama, fallecido a causa de una sobredosis de alcohol. A su lado, se encontraba un anotador con algunas lineas, que nuestro heroe había llegado a esbozar. Por suerte, se logró rescatar el nombre de un plato, ese plato que aún hoy, sigue encabezando el listado de comidas del famoso restaurant parisino. En sus últimos suspiros, Augusto Martinelli, consiguió escribir su obra maestra:

Mousseline de salmón del pacífico con corazón de crustáceos y gritos silvestres.
Foto: Juan Christmann.

Plato del día: Tortilla de hoy.

Cuando todos en el barrio decían que querían ser futbólistas, arquitectos, ingenieros de esos que hacen puentes gigantescos, veterinarios, astronautas, yo en cambio, siempre tuve los pies sobre la tierra.
No se trata de soñar bajo, sino que desde chico me enseñaron a ser realista. A no andar con pavadas, al pan, pan.
Mi viejo era mozo, el viejo de mi viejo, era mozo. Y adiviná que hacía mi tatara abuelo. Mozo.

Más que obligación, en casa nos gusta llamarlo tradición familiar. Algo que va pasando de padres a hijos, puliéndose cada vez más. Porque no cualquiera puede ser mozo.
Antes de seguir, pongamos en claro a que llamo mozo.

Cuando digo mozo, no estoy hablando de un estudiante de abogacía que todavía no le da para entrar a un estudio y se pone el delantal tres fines de semana al mes para pagar los libros. Esos pibes que se la pasan alardeando de lo grande e inteligentes que van a ser y ni siquiera se acuerdan si él de la mesa cuatro pidió los escalopes con fritas o con puré.

Es que hoy por hoy la profesión está muy bastardeada. Pareciera que ser camarero es la changuita que todos hacen mientras consiguen un trabajo de verdad. Como si ser mozo no fuera suficientemente digno.
No hay caso, él que es mozo por compromiso, nunca llega a ser mozo.

Durante mis treinta y dos años de carrera, he visto pasar de todo y más. Futuros médicos, artistas, diseñadores a rolete, psicólogos. Algunos lograron su cometido, a otros, todavía los veo con su delantal en el bar de la otra cuadra. De todos ellos me quedo con los psicólogos.
Por lejos son los que más amor le ponen. Los que más entienden de que va la cosa.
Llegué a la conclusión que los estudiantes de psicología buscan a propósito ser camareros. Casi te diriá que no te dan el título si no atendiste mesas durante el tiempo suficiente. Es que para ellos es como una aula práctica, una pasantía.

Al que es mozo o taxista solo le falta el diploma en la pared y la sala de espera. Pensalo así, no solo escucha tus problemas, sino que te da un trago cuando lo necesitás y encima te lleva a tu casa. No conozco psicolgos que ofrezcan ese tipo de servicio.

La profesión de mozo no es ser un lleva y trae. No se trata de ser un cartero de comida. Sino de brindarle al cliente la experiencia de una atención profesional personalizada en el arte culinaria.
Ser mozo es saberse de memoria el plato del día, es cononcer que vino pega mejor con cada plato, sin prestarle importancia alguna, a que indefectiblemente todos los clientes terminen pidiendo él de la casa.
Es encarar una mesa de dieciocho personas y levantar el pedido a mano limpia, nada de papel y lápiz.

La conversación es un tema aparte. El que es mozo de raza, comienza su trabajo bien antes de abrir el bar. Justo después que se levanta, mientras toma su desayuno, leyendo el diario. Este proceso se basa en dividir la información por temas y sintetizarla a la máxima expresión.
Una vez lograda la síntesis, se agrega un toque humorístico personal, para llegar al chascarrillo prudente. Este tipo de reseña que sin tener la presión sobre sus hombros de ser un chiste, tiene como objetivo que el cliente decore una mueca de labios pegados sobre su rostro, resoplando un minimo - je!

Este proceso es fundamental para lograr un buena convesación con el cliente. Es que llevado a la práctica, un mozo tiene aproximadamente un minuto y veiticinco segundos para saludar, tomar el pedido, analizar al cliente, buscar en su archivo del día la información corresponidente y lanzar el tan estudiado comentario que haga que el cliente espere su comida con una sonrisa.

Muchos piensan que hago esto por la propina. Para mi la propina es pan para hoy, hambre para mañana.
El mio es un plan más a largo plazo. Estoy convencido que la comida con buen humor cae mejor. Es el ingrediente que hace que la milanesa de acá, salga más rica que la del restaurant de al lado, aunque los dos compremos en la misma carnicería.

El otro día me comentaron que hay una moda nueva de bares con mozos que te atienden mal a propósito. Que esa es la onda del lugar.
No entiendo como alguien trabaja toda la semana y llegado el sabado, llama a su pareja, se arregla para salir, tarda horas frente al espejo y entre todos los restaurantes, elije ir a uno en que lo tratan mal.
Lo que si entiendo es que la moda, pasa.

Está claro que la comida ayuda. Por eso elegir el plato del día siempre es un desafío. El plato del día es el protagonista de la película, es la carnada escrita en la pizarra, que invita a entrar, la opción rápida para los indecisos.

Si hay algo que cuido es nunca elegir como tortilla plato del día, cuando el día anterior hubo papas al horno. Jamás.
Hacer eso es como dejar en evidencia el refrite del plato, valga la redundancia. Sería subestimar al cliente, que hace no más de veinticuatro horas vió lo que estaba escrito con letras bien grandes en la misma pizarra.
Para eso, mejor escribir directamente: Plato del día: Las papas que no te comiste ayer.
La tortilla es un plato que hay que saberlo comunicar. Yo casi siempre lo hago en el día después del franco. Como para no dejar lugar a dudas que las papás utilizadas son frescas.

De tantos años entrando y saliendo por esa puerta vaivén, ya se como hay que cortarlas, fritarlas, mezclarlas en un bowl con huevos, ajo, perejíl, cebolla de verdeo, jamón, agregarle sal, pimienta y a la sartén.
Hasta me sé el truquito de la tapa de cacerola para darla vuelta sin que se desarme. Pero el gran secreto de la tortilla es que quede crocante por afuera y blanda por dentro, "babé" como le dicen en Francia.
Cosa que se logra solamente con papas que siempre fueron destinadas a ser tortilla.

La idea de todo esto es lograr una confianza con el cliente, una afinidad.
Porque cliente contento, vuelve y recomienda.
Eso no lo inventé yo. Eso lo sabe cualquiera.

Extrañas Amigas.


Costa Rica, Agosto del 2007.

Querida Sofi,

Tú no me conoces, para ti soy una extraña. Así también lo era para tu madre y sin embargo hoy siento su falta tanto o más que tu. Escribo para contarte una historia que no creo que sepas. Decidí hacerlo por carta, como lo hacíamos en esa época, dejando de lado la impersonalidad del email.
Mis líneas son de nostalgia, de esa que te alcanza en medio de un día como todos los otros, en una parada de colectivo, o tomando un café en un bar. Que cuándo te atrapa, te aprieta el pecho con fuerza. Son unos cuatro o cinco segundos en que la respiración se dificulta, el aire se hace pesado y el dolor como un espasmo de un recuerdo se convierte en agua que sale por los ojos. La misma agua que estaba presente al conocernos con tu madre.

Dos extrañas en un País que ya no era Venezuela. Por lo menos para mí.
Mi vergüenza no me dejaba levantar la mirada del plato que, irónicamente no era ni más ni menos que un arróz con mango.*
Ella se acercó por curiosidad o por principios, aún no lo se. Mi reacción tampoco correspondió a lo acostumbrado y acepté compartir mi mesa con una completa desconocida.

Viendo mis lágrimas ella pudo sentir dentro mío. Sin conocer mi historia, sino sintiéndola.
Desconocida pero tan conocida a la vez. Será que el sentimiento de desarraigo le fue inculcado desde muy chica y pudo entender lo que era sentirse expulsada de la propia tierra.

Cuando muchos podrían haber tenido ese sentimiento de impotencia, que siente uno frente al televisor al ver realidades ajenas, ella lo convirtió todo en una oportunidad para accionar y transformar. Instantáneamente el vidrio de la pantalla se había desvanecido, ya no era una espectadora más. Yo había vivido en Venezuela desde siempre, era mi lugar en el mundo, mi hogar. Todavía admiro la alegría de mi gente, la simpleza de su naturaleza, la espontaneidad en su estilo de vida. Era feliz en ella.
Yo era Venezuela.

Por esos años la realidad comenzó poco a poco a desdibujarse. La libertad que siempre disfruté empezó a chocarse con ciertos límites. Eran épocas difíciles para respetar principios. ¿Cómo se compatibiliza tanta evolución tecnológica, científica, médica, con tanta involución humana?
Era mi tiempo de emigrar. Si quería seguir libre, debía volar, dejando todo lo construido hasta mis 35 años. Así. De un día para otro. El límite era cada día más corto. El tiempo empezaba a sobrar menos.

Las ansias por ayudar de tu madre eran ingenuas. Tenía la intención, el sueño de poder brindarme pero en el fondo sentía que poco podía hacer para transformar algo tan inmenso.

Una vez ella me explicó que de poco sirve limitarse por la inmensidad del desafío, que es mejor afrontar aunque sea de a un granito de arena a la vez, recién ahí todo va a empezar a transformarse. Asumiendo cada uno pequeños compromisos.

Necesitaba irme, ella hizo algo muy chico que en mi vida significó algo muy grande. Me conectó con la persona indicada en el mometo preciso. Pero más allá de eso, me dió una esperanza.
Es verdad, lejos quedaron mi casa, mis libros y mis cuadernos llenos de ideas. Pero hoy tengo nuevos libros, otra casa y los mismos ideales.

Desde ese entonces, casi sin pensarlo busco gente en los bares. Personas con llantos y penas por lavar. Pero los tiempos cambiaron, eso de ser amable ya no se estila.
Será por eso que decidí escribirte a ti, para contarte una verdad que te pueda aliviar la pena.

Me encantaría estar a tu lado, para darte una caricia. Y a mi manera espero haberlo hecho.
Saludos cordiales,

Vane,
una completa extraña.




Basada en hechos reales.

Nota: * En Venezuela, se le llama arroz con mango a un "desorden", a algo que estaba como revuelto o donde la gente se siente perdida, confundida.
Se prepara un pollo desmenuzado al curry con una base de arroz blanco, alrededor se ponen cazuelitas llenas de los siguientes ingredientes para ir revolviendo y probando diferentes mezclas y confundirse en ellas: Pasas de uva, cebolla, maníes, jalea de mango, cebollín, champignones, piña, mango en trocitos, queso y zanahoria.




Ilustración: Elisa Sassi.

Receta para un sueño.



Despertó transpirado, la cama desarmada, el despertador en el piso, roto.
Fue un sueño de esos tan reales que necesitás que sigan para terminar de resolver lo que estaba sucediendo. Sino queda como un vacío, porque por más que sepas que es tan sólo un sueño hubieses querido intervenir para darle ese final. Una vez más, queriendo manejar lo inmanejable.
Quiso volver a dormirse, para retomar el sueño y resolverlo a su manera. Dio vueltas y vueltas en la cama. La almohada pasaba de cómoda a incomoda en segundos. Cuanto más cambiaba de posición, menos conseguía dormirse. Se resignó y decidió levantarse.
El sueño inconcluso daba vueltas en su cabeza, una y otra vez.

Al preparar el desayuno el olor a pan tostado le recordó algo…en algún momento del sueño, él lo había sentido. Sí. Era de mañana, ella estaba ahí. Unas tostadas saltaban de la tostadora. Miró el reloj, era tardísimo.
Se vistió para ir al trabajo, como siempre, combinando zapatos con cinturón, camisa con corbata. Marrón, con marrón, lisa con rayas. Ya era algo que tenía automatizado, pero hoy le molestaba. Le molestaba de una manera que no entendía. Juntó fuerzas y se animó a descombinar por primera vez. Negro con marrón, rayas con rayas. No, liso con marrón, rayas con negro. Su cabeza estaba revuelta y así quería estar exteriormente. Revuelto. No quería ocultar lo que le pasaba, ya no.

Al subirse al ascensor se cruzó con su vecina. Llevaba puesto su perfume cítrico más intenso. De nuevo, la fragancia le evocó un recuerdo del sueño. Unas manos rayando cáscara de limón. Eran las manos de Vicky. Estaba seguro de eso. El podía reconocer esas manos entre miles, sin importar el tiempo que pasó desde que esas manos se habían ido de su vida.
En el subte entre estación y estación parecía que el sueño se hacía más presente. Será la falta de luz que lo hacía ver más claro. Seguía tratando de darle forma al sueño. Aún así no terminaba de entenderlo.

Llegando al trabajo empezó a hilar situaciones que se le cruzaban.
Lo único que sabía es que sentía una sensación de vacío pero de alivio a la vez. Pero, ¿de dónde venía ese sentimiento?
Llegó a la oficina, saludo a sus compañeros como todas las mañanas, algunos lo miraron con cara rara. No le importó. Siguió su camino. Se preparó un café. De vuelta! El aroma a café le trajo otra imagen. Era ella explicándole algo que las palabras no llegaban a contener. Y era él tratando de entender algo que solo se puede sentir.

Trato de concentrarse en su trabajo pero no podía, seguía sin entender del todo ese sueño. Tenía situaciones aisladas, sentimientos profundos, pero no lograba descifrar que era lo que había pasado realmente.
De nuevo sentía un profundo alivio, hasta su ritmo de respiración había cambiado. Estaba intrigado pero en calma a la vez.

En menos tiempo de lo normal, era hora del almuerzo. Salió a buscar un lugar para comer. Pasó por el bar café restaurant de siempre, pero algo lo hizo volver medía cuadra. Llegó hasta la esquina. Con ojos cerrados llegó a una verdulería. A tientas a agarrar y a oler frutas y verduras. El sueño era más claro. Vicky en su casa. En un desayuno, las paredes eran blandas. No había ni un ángulo recto en la habitación. Ella hablaba, decía algo, mientras se comía una pera. Ya no gritaba. El bocinazo de un Fiat Palio evitó el choque con un 63 que venía por la avenida cortando semáforos. Y también lo sacó a Gustavo de su sueño. En ese momento se dio cuenta: Reconstruir su sueño era posible. Sólo necesitaba los ingredientes correctos.
Agarro un a bolsa y cerró los ojos. Sus manos no elegían, sólo se movían a la voluntad de su olfato. En la bolsa, sólo entraban frutas o verduras que le hacían recordar algo del sueño.

Llegó a su casa pensando una buena excusa para decirle a su jefe. No la encontró. Pero eso no era lo que estaba en su cabeza ahora.
Abrió la bolsa y se encontró con, un limón, dos mangos, champignones, un cuarto de frutillas, cebolla de verdeo, papas, bananas, peras y huevos.
Una mezcla de cosas que parecían no hacer sentido.
Sin embargo, se sacó la corbata, se arremangó la camisa y empezó a cocinar su sueño.
Cortó las frutillas, las bananas, los mangos y las peras en rodajas. Las mezclo, agregó ralladura de limón y desparramo todo en un molde enmantecado y revestido de azúcar. Vicky apareció nuevamente, la habitación, las paredes que ya eran de otro color. Ella lo miraba de cerca. Lo suficiente para verse a si mismo reflejado en sus pupilas. El ensueño duró poco. La inercia lo hizo seguir con la preparación. Otra vez, sus manos se movían como si fueran de otra persona. Batió 8 yemas con 260 grs de azúcar y un chorrito de marraschino, mezcla que había calentado previamente a baño maría cuidando que las yemas no se cocinen, sin darse cuenta armó un sabayon.
Le quedaba la papa dando vueltas, definitivamente en esa preparación no entraba así que le dejo la cáscara, la pincho y la metió al microondas por 9 minutos. Tenía hambre. La cortó al medio, mezclo queso crema con aceite de oliva, la cebolla de verdeo, los champis picados, pimienta y pimentón y se lo untó a la papa. De mientras seguía cocinando lo que los recuerdos del sueño le disparaban.
Cubrió las frutas con el sabayon y metió el molde en el horno fuerte por unos minutos.
Del horno salió otra parte del sueño convertido en aroma. Se mezclaba la frescura de las frutas con la potencia del licor, algo parecido a lo que sentía…liviandad e intensidad a la vez.

La habitación se convirtió en playa, por unas de esos caprichos que los sueños suelen tener. Lo único que se mantenían eran él y Vicky. Dentro del mar. Ella lo besa. Una ola los llevo de nuevo a una casa, dentro de lo que sería era una réplica perfecta de su habitación actual. Un lugar que Vicky nunca llegó a conocer.
Sacó la preparación del horno. No pudo esperar a servir un plato y decidió probar la preparación de la bandeja. Se quemó el paladar. Días después esa quemadura era la prueba de que esa receta no había sido otro capítulo, dentro del sueño.
Era de mañana. Ellos en la habitación. La imagen era simple, él levantándose apurado para el trabajo, ella pidiéndole que se queden refugiados entre sabanas un rato más. El aceptando.
Una situación que alguna vez fue cotidiana.
Risas, caricias, todo era como antes, pero con la diferencia que era hoy.
La puta que lo parió! Gritó mientras tiraba toda la preparación a la basura. Así entendió que algunos sueños es mejor dejarlos inconclusos.




Foto: Juan Christmann

Empanadas Hereditarias.



Hace dos semanas que ella dejo de ser ella. Su mano parece de otra persona. Me pregunto qué sueñan sus ojos cerrados. Seguramente una mezcla de memorias, una colección de anécdotas. La cocina de la casa de la calle Baunes, los chicos, los retos, No te acerques al horno que está caliente, los juegos, hacer empanadas, ayudar a hacer el repulgue en una verdadera línea de montaje fordista. Comer el relleno a cucharadas durante la preparación, lo justo y necesario para después quedar sin hambre en la cena.
Ese relleno de carne, aceitunas y mística. El resto de los ingredientes siempre fue un secreto para mí.
Ahora que pienso, quizás no esté soñando en nada de eso. Esos se parecen más a mis sueños. Son las cuatro menos cuarto de la mañana, hora de cambiarle el suero. O mejor dicho, hora de tocar el botoncito para que la enfermera venga a cambiarlo.
Años cocinando y llenando la panza de todos para que en sus últimos días, su comida sea un líquido transparente dentro de una bolsa de plástico. Qué injusticia.

Aquí estoy, a su lado. Ella en esa cama fría, con esas sábanas frías, esa luz fría. Como me gustaría estar en la cocina de Baunes. Pero no ahora, sino en aquel tiempo, calentita, junto a la mejor estufa que puede haber. No conozco otra estufa de la que salga olor a galletitas, tortas y claro está, también olor a empanadas.
Creo que es a causa de las empanadas que hoy estoy aquí.
Me siento culpable de pensarlo siquiera, pero en algún punto fueron las empanadas las que me hacían ir a visitarla tan seguido. Obvio que la charla, la compañía, formaban parte también, pero a la hora de tomar la decisión entre ir al Shopping, al cine, o de pic-nic al río versus ir a su casa, las empanadas cobraban una importancia.

Si se salva, quiero ser la primera en probarlas otra vez. Y si no, al menos quiero conocer su secreto. Quizás aquí a su lado, en su lecho, sea una oportunidad. Pensaran que soy una insensible. Están completamente equivocados. Una de las principales causas por las que quiero conocer el resto de los ingredientes con sus respectivas cantidades, es porque más que empanadas sería la receta de un antídoto para la soledad. Una garantía de que el día de mañana, mis hijos y mis nietos me vengan a visitar seguido. Los domingos se hacen más largos cuando sos una mujer mayor. Siendo hombre podés lavar el auto, con el partido de fondo. Pero a mí nunca me gusto el fútbol y nunca aprendí a manejar. Me bastó con intentar estacionar el Impala de mi tío. Tras treinta y ocho maniobras, desistí. El oficial a cargo entendió la situación. Todavía la gente era gente en esa época.

Carne, aceitunas, cebolla tenía seguro, morrón, tomate y a veces le ponía pasas de uva. Sal, pimienta, pimentón, comino y aceite de maíz. Porque me acuerdo de la vez que me mando a comprar y traje de oliva. Casi me mata. La nona tenía muchas recetas pero pocas pulgas. Como buena tana, los sentaba a todos a la mesa de un grito. Y cuidadito con que alguien se limpie la boca con el mantel. Todavía me acuerdo del ruido del cachetazo que se comió mi primo por eructar. Así fue que se le cayeron los primeros cuatro dientes de leche. Para mí que le ponía canela, no estoy segura, porque no me hace sentido que le ponga canela, más que empanadas serían un postre. Pero para mí que le ponía. Cinco y veinticinco.

¿Por qué recién ahora me acuerdo de preguntarle tantas cosas? Tuve años y años para hacerlo. Hasta hace poco era una vieja rompebolas, ahora es una fuente de sabiduría a punto de secarse. Si no fuera por este respirador, creo que ya se hubiera ido hace rato. ¿Esto para que servirá? ¿Qué es esa lucecita? ¿y ese ruido? ¿Dónde está el botoncito? Enfermera!, enfermera!? ¿Qué sucede?
No se, no se, estaba todo bien, y de repente…
Salga por favor.
Estaban trayendo el resucitador, llamando de emergencia al Dr. Gutiérrez y lo único que se me ocurrió decir antes de salir de la habitación fue: Canela, pregúntele si les pone Canela.




Fotomontaje: Natalia Dente.

Almuerzo de Domingo.


Ese Domingo, Elena había salido a hacer las compras a la dietética de la esquina de su casa. Su nieta le había recomendado un cereal que no conocía: Cuscús. Le dijo que era bueno ya que tenía calcio, así que decidió comprarlo. Cualquier cosa que fortificara sus huesos era bienvenida a esta altura del partido.
Del otro lado de la calle, y demasiado lejos para que su cansada vista reconozca a alguien, lo vió a Enrique. A pesar del paso del tiempo su andar seguía siendo inconfundible. Venía de hacer una consulta con el médico. Sus problemas vásculo respiratorios se estaban complicando.
Habían pasado 19 años, 65 días, 20 horas, 33 minutos y 20 segundos desde que Enrique se fue de la casa. No se fue dando un portazo. No se fue llorando. Simplemente se fue. Dejando su plato sin terminar.

Tantos años de matrimonio habían convertido inevitablemente sus vidas en una rutina. ?El amor dura menos que las relaciones? decía él. Ambos necesitaban revivirse, volver a sentir sensaciones intensas.
Cada uno transitó los años de separación a su manera.
Tristezas. Descubrimientos. Alegrías. Entusiasmos. Soledad. Angustias. Euforias. Incertidumbre. Dolor. Aprendizajes. Crecimientos y de nuevo tristezas. Sin embargo, todo eso no lograba opacar el fuerte sentimiento que los unía. Algo dentro suyo había quedado instalado y por más que pasaban remolinos de las más diversas sensaciones no se iba.
En estos 19 años se fueron dando cuenta de la importancia de ser genuinos con ellos mismos. De conocerse, de ser los protagonistas de su propia vida. Pero esos años sirvieron tambien para valorar la importancia de sentirse acompañado. De compartir. De tener a quien mirar a los ojos y entenderse si necesidad de usar otro lenguaje. De sentirse felices por la felicidad ajena.
De desparramar amor más allá de ellos. La importancia de tener un compañero de vida.
Cuando sus miradas se chocaron una ola de imágenes empezó a invadirlos. Con los segundos esas imágenes se convirtieron en una marea de sentimientos.
Se abrazaron. Sin rencores ni palabras, simplemente se abrazaron, dando una lección de lo que es abrazar a otra persona.
Hablaron excusas un rato para mirarse. Buscaban detrás de aquellas arrugas, a la persona de años atrás. Y allí estaban. Puros, tal vez un poco más añejos.
Se fueron juntos. Tenían ganas de acompañarse.
Elena comenzó a preparar el Cuscús mientras Enrique recorría la casa recordando viejos momentos. Salteo cebolla de verdeo con champignones. Lo deslgazó con vino blanco. En paralelo preparó un caldo de verduras al cual le agregó un hongo seco. Elena le comentó que estaba preparando una receta que le había recomendado Jazmín. Él se rió. Jazmín le había dado la misma receta el mes pasado. Fuera del fuego, Elena mezcló las verduras salteadas con el Cuscús crudo, azafrán en hebras, almendras tostadas fileteadas y pasas de uva. Agregó 1 medida de caldo por 1 de Cuscús a la preparación y lo tapo con papel film. Lo dejo reposar por 7 minutos. Luego mezcló y espolvoreó cilantro picado.
Exactamente una semana atrás, Enrique había preparado la misma guarnición para acompañar una carne al horno. Carne que lejos estuvo de igualar el sabor de aquella que Elena preparara decadas atrás, cada domingo, casi como un ritual. Sentado en la mesa, Enrique la miraba como cuándo eran adolescentes. ¿Qué nos pasó? fue la pregunta que casi escapa de su boca. Pero ambos parecían haber firmado un pacto de silencio con sus miradas. Elena terminó de servir la comida y se sentó a la mesa. Se miraron. El propuso un brindis. Las copas se chocaron. Sin hablar del pasado, sin planteos, y casi sin quererlo, Enrique y Elena terminaron el almuerzo que habia empezado 19 años atrás.




Foto: Renato Lopes.